Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».Palabra del Señor.

El paso humilde de Jesús al Jordán:
El relato del bautismo de Jesús en el Jordán no comienza con gestos grandiosos, sino con una escena sencilla y desconcertante. Jesús se acerca, hace fila, espera su turno como cualquier otro. No se coloca por encima ni reclama privilegios. Ese detalle, tan humano, interpela profundamente nuestra vida diaria. En el trabajo parroquial, en la comunidad, en los movimientos apostólicos, muchas veces queremos avanzar rápido, ser escuchados, tener razón. Jesús nos recuerda que el camino de Dios suele empezar con pasos humildes, silenciosos, casi invisibles, pero llenos de sentido.
Cuando Dios se mezcla con la gente:
Jesús entra al agua donde otros reconocen su fragilidad y su deseo de cambiar. No lo hace porque lo necesite, sino para estar cerca. Así actúa Dios: no desde lejos, sino mezclándose con la vida real. Esto ilumina nuestra misión cotidiana. La pastoral no se vive desde escritorios ni desde discursos perfectos, sino caminando con la gente, escuchando historias, cargando preocupaciones ajenas. En la comunidad, la fe crece cuando se comparte desde lo cotidiano, cuando se acompaña sin juzgar y se sirve sin buscar protagonismo.
Un cielo que se abre en lo ordinario:
El cielo se abre justo cuando Jesús hace algo aparentemente simple. No hay milagros espectaculares, solo obediencia y entrega. Esto nos habla de esos momentos en los que, sin darnos cuenta, algo se abre también en nuestra vida: una conversación sincera, una decisión tomada con paz, una reconciliación esperada. En la parroquia, muchas semillas se siembran así, sin aplausos, pero con frutos que llegan con el tiempo. Dios actúa en lo ordinario cuando hay disponibilidad y verdad.
La voz que afirma y envía:
“Este es mi Hijo amado”. Esa palabra no es solo un reconocimiento, es un envío. Jesús comienza su misión sabiendo quién es y a quién pertenece. También nosotros necesitamos escuchar esa voz interior que nos recuerda que somos amados, incluso cuando el cansancio pesa o cuando el servicio parece no dar resultados. En los movimientos apostólicos, esta certeza sostiene el compromiso. No se sirve para demostrar nada, sino porque uno ha sido alcanzado primero por una mirada de amor.
El Espíritu que impulsa a salir:
El Espíritu desciende y empuja a Jesús hacia adelante. No lo acomoda, lo moviliza. Algo similar ocurre cuando la fe es auténtica: no nos deja encerrados en seguridades, nos invita a salir, a arriesgar, a comprometernos más. En la comunidad, el Espíritu se percibe cuando surgen iniciativas sencillas, cuando alguien da un paso más para ayudar, cuando se crean lazos reales. No todo es perfecto, pero hay vida, y eso basta para seguir.
Caminar como bautizados hoy:
El bautismo de Jesús ilumina el nuestro. Nos recuerda que la fe no es un título, sino una forma de vivir. En el trabajo, en la familia, en la parroquia, estamos llamados a actuar con coherencia, cercanía y verdad. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir lo ordinario con un corazón disponible. Ahí, una y otra vez, el cielo vuelve a abrirse.
Meditación Diaria: El bautismo de Jesús nos invita a mirar nuestra vida con más sencillez y profundidad. Él entra al Jordán sin imponerse, mostrando que el amor verdadero no necesita alardes. En nuestra vida diaria, este Evangelio nos anima a vivir la fe desde lo concreto: en el trabajo bien hecho, en el servicio silencioso, en la escucha paciente. Dios se hace presente cuando elegimos caminar con otros y no por encima de ellos. La voz del Padre que reconoce a Jesús como Hijo amado también resuena hoy, recordándonos que somos valiosos y enviados. Vivir como bautizados implica dejarnos mover por el Espíritu, salir de la comodidad y apostar por una fe encarnada. Cada gesto pequeño, hecho con amor, puede abrir el cielo en medio de lo cotidiano.