Cuando el corazón necesita despertar

Cuando el corazón necesita despertar

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,34-36):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Cuando la vida pide mirar alrededor:

Hay días en que uno siente que el ritmo cotidiano se lo quiere tragar todo. Entre reuniones, visitas, mensajes que no paran de llegar y pendientes que parecen multiplicarse, es fácil que la mente se nuble. Jesús insiste en algo sencillo pero profundo: cuiden el corazón para no dejarse arrastrar por lo que los distrae de lo esencial. No se trata solo de grandes excesos, sino de esos pequeños enredos que van apagando la capacidad de escuchar, de ver, de sentir. A todos nos pasa; basta una semana complicada para darnos cuenta de cómo se nos escapa la serenidad casi sin aviso.

Mantener el alma despierta en lo ordinario:

En la parroquia esto se nota con claridad. A veces el servicio pastoral se vuelve tan rutinario que uno sigue haciendo las cosas “porque toca”, sin detenerse a preguntarse qué está diciendo Jesús en medio de esa labor concreta. Lo mismo pasa en los grupos apostólicos cuando la agenda llena y los compromisos hacen olvidar la razón por la que se comenzó a servir. Mantenerse despierto no es vivir asustado, sino atento; es saber reconocer la voz que susurra en lo pequeño: en una conversación después de misa, en quien llega a pedir una oración, en la alegría inesperada de una reunión bien vivida.

Orar sin complicaciones:

Jesús no pide oraciones perfectas ni largas. Pide que no dejemos apagar la conexión interior. A veces basta con un “aquí estoy, acompáñame”, dicho mientras uno camina al trabajo o recoge las sillas después de una actividad comunitaria. La oración sencilla mantiene el corazón abierto y ayuda a que los días difíciles no ganen demasiado terreno. En la comunidad también lo vemos: cuando la gente ora junta, aunque sea brevemente, algo cambia. Se suaviza el ambiente, se cuida la palabra, se fortalece la paciencia. La oración es como encender una luz en una habitación donde ya empezaba a oscurecer.

Vivir de pie, no arrastrados por el cansancio:

Jesús habla de “mantenerse en pie”, y esa frase dice mucho. En la vida cotidiana significa no perder la dignidad cuando las preocupaciones quieren hundir el ánimo. En la parroquia, significa honrar la misión sin caer en la queja. En la comunidad, significa no dejar que los malentendidos, las urgencias o los errores hagan olvidar lo que nos une. Mantenerse en pie no es cuestión de fuerza, sino de enfoque: saber hacia dónde mirar cuando el día viene torcido. Y casi siempre, ese “hacia dónde” es hacia Jesús, que mira con paciencia incluso cuando nosotros mismos no sabemos explicarnos.

La vigilancia como estilo de vida:

Estar vigilantes no es vivir con miedo, sino con lucidez. La vigilancia cristiana es esa capacidad de reconocer cuándo uno se está alejando sin darse cuenta: cuando se habla de más, cuando se juzga demasiado rápido, cuando se pierde la alegría del servicio. Es una actitud que se aprende en lo concreto: en el trabajo, donde las prisas pueden robar la paz; en la casa, donde las tensiones del día pueden desplazar la ternura; en los movimientos apostólicos, donde a veces cuesta mantener el mismo entusiasmo con el que se comenzó. La vigilancia no es un peso, es un modo de cuidar lo que vale la pena.

Meditación Diaria: Hoy Jesús nos invita a vivir despiertos, sin dejar que el ruido diario nuble lo esencial. Su llamado es cercano: cuidar el corazón, estar atentos a los pequeños avisos que la vida ofrece, elegir la serenidad antes que el desorden interior. En la parroquia, en la familia y en la comunidad, esta vigilancia se vuelve un acto de cariño: recordar por qué hacemos lo que hacemos y a quién queremos servir. La oración sencilla sostiene, incluso cuando el ánimo flaquea, porque mantiene abiertos los ojos del alma. Vivir de pie es reconocer la dignidad que Dios nos regala y no dejar que las preocupaciones nos roben la alegría que viene de confiar. Cada día puede ser un nuevo comienzo, una oportunidad para volver a mirar a Jesús y recuperar esa claridad que devuelve el rumbo.