Antes de elegir, Jesús ora

Antes de elegir, Jesús ora

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,12-16):

En aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles: Simón, a quien puso el nombre de Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo y Tomás, Santiago el de Alfeo y Simón llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.

Palabra del Señor.

Hay momentos en la vida en que una decisión no se puede tomar con prisa. A veces se trata de algo grande; otras, de algo que parece pequeño, pero que puede marcar el rumbo del corazón: una conversación pendiente, una responsabilidad nueva, una reconciliación, un servicio en la parroquia, una decisión familiar, un paso que pide generosidad. El Evangelio de hoy nos deja entrar en uno de esos momentos decisivos de Jesús, y lo primero que vemos no es la elección de los Doce, sino su oración.

La noche que prepara el día:

San Lucas dice que Jesús subió al monte y pasó la noche orando a Dios. Antes de llamar, antes de enviar, antes de confiar una misión, Jesús ora. No actúa desde la improvisación ni desde la apariencia. Se detiene, escucha, permanece ante el Padre. Eso ya es una luz para nosotros. Muchas veces querríamos resolver todo rápido, guiados por el cansancio, por la emoción del momento o por la presión de lo urgente. Jesús, en cambio, nos muestra que las decisiones que tocan la vida de otros merecen silencio, humildad y presencia de Dios.

También nosotros necesitamos aprender esa pausa santa. No siempre podremos pasar una noche entera en oración, pero sí podemos ofrecer al Señor un rato sincero, un momento de adoración, un rosario rezado con atención, una visita al sagrario, unos minutos de Evangelio leído despacio. La oración no nos aparta de la realidad; nos ayuda a mirarla con verdad.

Llamados por el nombre:

Al llegar el día, Jesús llama a sus discípulos y elige a doce. No escoge una idea, no reúne funciones anónimas, no arma un grupo perfecto según criterios humanos. Llama personas concretas. Con historia, límites, carácter, búsquedas y heridas. Entre ellos hay impulsivos, silenciosos, generosos, inseguros; hombres distintos entre sí. Y, sin embargo, Jesús los llama por su nombre.

Eso conmueve, porque así sigue obrando el Señor. La Iglesia no se construye con personas impecables, sino con hombres y mujeres que se dejan llamar. A veces sentimos que nos falta mucho para servir, para sostener a nuestra familia con paciencia, para comprometernos de verdad, para responder como discípulos. Y es cierto: nos falta mucho. Pero la vocación no nace de la perfección; nace de la mirada de Jesús y de su gracia.

El Señor no nos ama en serie. Nos conoce personalmente. Sabe dónde somos frágiles, dónde solemos caer, dónde nos cuesta confiar, dónde hay nobleza escondida que todavía no ha florecido del todo. Cuando llama, no humilla; levanta. No borra la historia, pero puede transformarla.

Una comunidad real, sostenida por Dios:

La lista de los Doce tiene algo sobrio y profundamente humano. No hay romanticismo. Hay nombres. Y entre esos nombres aparece incluso Judas Iscariote, “que llegó a ser el traidor”. El Evangelio no disfraza la fragilidad humana. En la comunidad elegida por Jesús hay grandeza y también miseria. Fidelidad y posibilidad de caída. Esto no debe escandalizarnos, sino volvernos más vigilantes y más humildes.

A veces sufrimos al ver debilidades en la Iglesia, en una comunidad, en personas que admirábamos, o incluso en nosotros mismos. Este pasaje recuerda que la santidad de la Iglesia viene de Jesús, no de la impecabilidad de sus miembros. Por eso no ponemos la confianza absoluta en capacidades humanas, sino en la fidelidad del Señor, que sigue llamando, corrigiendo, sanando y sosteniendo a su pueblo.

Responder hoy:

Tal vez hoy la palabra que más necesitamos es esta: déjate llamar. No vivas la fe solo como costumbre o tarea. Escucha de nuevo al Señor que te nombra en lo íntimo. Quizá te está llamando a rezar con más verdad, a servir sin buscar reconocimiento, a volver al sacramento de la reconciliación, a acompañar mejor a alguien en casa, a dejar una dureza que ya pesa demasiado, a aceptar una misión sencilla que habías postergado.

Jesús sigue subiendo al monte para presentar nuestra vida al Padre, y sigue llamando discípulos al amanecer. Qué consuelo saber que nuestra historia no depende solo de nuestras fuerzas. Cuando el Señor llama, también da la gracia para responder.

Meditación Diaria:

Hoy puedo detenerme un poco y mirar cómo tomo mis decisiones, cómo respondo a mis responsabilidades y desde dónde estoy viviendo mi fe. Jesús no eligió a los Doce con apuro: primero oró. Esa imagen puede acompañarme durante el día. Antes de hablar, decidir, corregir o comprometerme, necesito volver el corazón hacia Dios. También yo he sido llamado por mi nombre. No soy uno más entre muchos para el Señor; soy su hijo, y Él conoce mi historia entera.

Puedo hacer una oración sencilla: “Señor Jesús, enséñame a escuchar tu voz, a no vivir con prisa interior y a responder con generosidad a lo que me pides hoy”. Tal vez el paso concreto de esta jornada sea breve pero verdadero: un momento de silencio, una visita a la iglesia, una llamada pendiente, un gesto de paciencia, una reconciliación. Jesús sigue llamando. Y su gracia, también hoy, me acompaña.