Modelo de Santidad

Sencillez de Vida
Fue su vida tan sencilla como fecunda y eficaz. “Escondida con Cristo en Dios” se hace cercana a los hermanos, buscando siempre para ellos lo que pueda ayudarles a superar sus necesidades, actualizando y haciendo visible así el paso de Cristo, vivo entre nosotros y que se quiere detener ante cada dolencia para aliviarla.

Sabía ser exigente consigo misma observando las Constituciones. Su vida fue un constante acto de justicia, mostraba siempre una gran comprensión con todas las Hermanas. Consideraba la debilidad humana, y sin aprobar nunca el mal, sabía perdonar y exigir.

Últimos Años
En San Juan permanecerá los siete últimos años de su vida donde se ajusta a la vida de Comunidad con una sencillez admirable poniéndose incondicionalmente al servicio de todo lo que en cuanto a la costura pudieran necesitar las Hermanas. Próxima a terminar su vida Madre Soledad Sanjurjo escribe rebosando disponibilidad a la Madre General que pide Hermanas voluntarias para las nuevas fundaciones de Camerún (África). Ella responde: “Reverenda Madre, le digo con toda sinceridad, si tuviera unos años menos y más agilidad en mis piernas, me ofrecería de todo corazón para ir a África, pero tengo que conformarme con los deseos y con ofrecer mis oraciones, a fin de que el Señor bendiga y ayude a las Hermanas que tengan la suerte de ir”.

Se puede decir que la etapa final de su vida era una referencia para las Hermanas que vivían con ella. Aprovechaba el tiempo al máximo recordando graciosamente el dicho de San Pablo: “el que no trabaja que no coma”. Hasta el día de su muerte hizo lo que para ella era una jornada de trabajo normal. Era el día 23 de abril de 1973, un lunes de Pascua. En el recreo de la noche estuvo tan animada como siempre. Después de los rezos se retiró a descansar sin manifestar ningún malestar. A las diez de la noche una Hermana la sintió toser persistentemente, entró a su habitación y al verla muy mal, llamó a la Madre que acudió rápido a su lado. Al preguntarle cómo estaba, respondió: “Estoy muy mal, Madre”. Se llamó al sacerdote y al médico, pero antes que éstos llegaran, con el crucifijo entre las manos y diciendo: “Jesús mío, os amo, perdón y misericordia”, entregó su alma al Divino Esposo con una gran paz. Contaba ochenta años de edad y sesenta y dos de Comunidad religiosa.

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