Introducción: Testimonios

Desde el inicio de la Iglesia algunas personas se han consagrado totalmente a Dios. Esta manera de vivir los valores evangélicos existirá siempre porque la promueve el Espíritu Santo en el corazón de los hombres y las mujeres. Es una vida de seguimiento radical de Jesús con la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

Tal consagración es vivida de una manera particular por los religiosos, monjes, laicos consagrados, que tras profesar los votos pertenecemos a Dios de manera plena y exclusiva. Esta pertenencia al Señor permite a quienes la viven de manera auténtica, ofrecer un testimonio especial del evangelio del reino de Dios. Totalmente consagrados a Dios y enteramente entregados a los hermanos, para llevar la luz de Cristo allí donde las tinieblas son más densas y para difundir la esperanza en los corazones que perdieron la confianza. Las personas consagradas queremos ser el signo de Dios en los diversos ambientes de la vida, levadura para el crecimiento de una sociedad más justa y fraterna, profecía de compartir con los pequeños y los pobres.

El Papa Francisco así lo corroboraba en el Ángelus del 2 de febrero de 2014: “Así entendida y vivida, la vida consagrada nos aparece realmente como es: ¡un don de Dios! Cada persona consagrada es un don para el pueblo de Dios en camino. Necesitamos tanto de estas presencias, que refuerzan y renuevan con empeño la difusión del evangelio, de la educación cristiana, de la caridad hacia los más necesitados, de la oración contemplativa, el empeño de la formación humana y espiritual de los jóvenes, de las familias, el empeño por la justicia y la paz en la familia humana.

Pensemos un poco qué sucedería si no existieran las monjas, sin las monjas en los hospitales, sin las monjas en las misiones, en las escuelas. Pensemos a una Iglesia sin las monjas, es impensable. Son este don y esta levadura que lleva al pueblo de Dios hacia adelante. Son grandes estas mujeres que consagran su vida y llevan adelante el mensaje de Jesús. La Iglesia y el mundo necesitan de este testimonio del amor y de la misericordia de Dios. Los consagrados, los religiosos y religiosas son este testimonio de que Dios es bueno, de que Dios es misericordioso. Por ello es necesario valorizar con gratitud las experiencias de la vida consagrada y profundizar el conocimiento de los diversos carismas y espiritualidades. Es necesario rezar para que tantos jóvenes respondan “sí” al Señor que los llama a consagrase totalmente al Él, y para dar un servicio desinteresado a los hermanos. Consagrar la vida para servir a Dios y a los hermanos”.

Por todos estos motivos, las Siervas de María Ministras de los Enfermos de las Antillas queremos dedicar este espacio para dar a conocer el testimonio de nuestras Hermanas, inmersas en esa gran nube de testigos de la que nos habla el apóstol San Pablo: “Por lo tanto, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia en la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús” (cfr. Heb 12, 1-2a). Así acogeremos el triple desafío que nos propone el Santo Padre en este año de la Vida Consagrada: “mirar al pasado con gratitud, abrirse al futuro con esperanza y vivir el presente con pasión”.

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